Leo esta entrevista en el periódico y pienso enseguida en compartirla, pues se trata de uno de los grandes. Josep Claret es una de esas personas que hacen grande a un deporte desde la sombra, sin querer llamar la atención, tan solo con la sana intención de hacer lo mejor posible en cada momento.
Disfrutadla!
Para que se haga cargo del tipo de entrevista: Jan Freese, otro de esos holandeses listos que llegó a Barcelona y, nada más verla, se quedó aquí para siempre, me pidió el otro día en La Boqueria que le entrevistase. Me dio un solo motivo que, lógicamente, me pareció suficiente para, al menos, intentarlo: “Nada tan rápido ahora, que tiene 65 años, como cuando tenía 17 y lo entrenaba yo”. Dígame que el amigo de Cruyff no me ha engañado.
–Ha estado a punto de engañarle, pero no: Jan no suele engañar a nadie. Es cierto que, 48 años después, sigo haciendo casi el mismo tiempo en una de mis pruebas favoritas, los 50 metros mariposa. Antes, en el 62, cuando participé en los Europeos absolutos de Leipzig, cuando me convertí en el primer español que accedía a una final (por lo que Juan Antonio Samaranch me premió con un jarrón que aún conservo), mi marca oscilaba entre 28 y 29 segundos. El pasado sábado, en Vilafranca del Penedès, establecí un nuevo ré- cord del mundo de masters, es decir, de veteranos, al parar el crono en 29.27 segundos. También pulvericé el de 100 mariposa, con 1.05.90, por vez primera bajé de los 1.06. Esa marca ha representado una de las mayores alegrías de mi vida.
–¿Por qué le hace eso tan feliz?
–El pasado diciembre murió mi amigo Gerardo Steudel. Pocos días antes me había felicitado la Navidad con una maravillosa postal en la que deseaba que mis esfuerzos se viesen recompensados algún día con una marca inferior al 1.06 en los 100 mariposa. Cuando, poco después, me enteré de que había fallecido pensé: “En cuanto puedas, lo intentas”. Y, mira, el sábado, en Vilafranca, me lancé al agua pensando en él, sí, y tuve la dicha de complacerle. No tardé ni 10 minutos en telefonear a su esposa, que fue más feliz que yo. O casi. Fue maravilloso.
–¿Cómo es posible que, cumplidos ya los 65 años, haga el mismo tiempo que con 17 en los 50 metros?
–Tiene varias explicaciones. Una, por ejemplo, es que ahora disfruto mucho más de la natación. Ahora soy mi propio entrenador, nado por placer. Si me pego unas palizas de 3.000 metros todos los días y sesiones de gimnasio que me doblan, es porque quiero, porque disfruto con ello. Más. Antes, en aquellos tiempos, cuando nadábamos no reflexionábamos, ni nosotros ni nuestros entrenadores, sobre lo que hacíamos. Ahora, por ejemplo, analizo cada movimiento en la piscina y, a base de estudio, he logrado optimizar mi esfuerzo. Por ejemplo, antes recorría los 25 metros de la piscina con 13 brazadas, ahora la recorro en siete. Mis brazos son como remos. Antes no me animaba nadie; ahora tengo a mi lado a mi esposa, Eila Pyrhönen, olímpica finlandesa, también en mariposa, en Tokio-64, que me ayuda mucho.

Mario Lloret y Josep Claret
–Posee siete récords del mundo de veteranos. ¿Cuándo parará?
–Ahora debería decir que hasta que el cuerpo aguante, pero no, será hasta que deje de pasármelo bien. Mire, el otro día, en Vilafranca, me llevé otro alegrón maravilloso. ¿Sabe por qué? Porque vi nadar, de nuevo, a Rosa Sellarés, una maravillosa atleta, y señora, de 99 años, de mi club, del Nagi, que volvió a competir con nosotros tras superar algunos problemas físicos. Verla a ella me inyecta optimismo. Es estupendo. El día que no entreno, tengo la sensación de haberme estafado a mí mismo o de que estoy dando ventaja a mis rivales. Por eso, cuando no nado, me voy al gimnasio a machacarme.
–Tras la petición de Jan, repasé el libro de Manel Estiarte Todos mis hermanos y le vi en una foto. Perdone, pero no resisto la tentación de decirle que mucho más viejo.
–No quiero decirle de cuándo es esa foto. No, mejor no se lo digo. Pero, sobre Manel, le diré dos cosas. Una, yo fui quien le enseñó a nadar. Yo fui quien organizó los primeros partidos de miniwaterpolo en los que él empezó a demostrar sus habilidades, con solo 7 años, cogiendo la pelota con dos manos ¡porque era casi tan grande como él! Yo le hice de chófer, de profesor, de acompañante, de todo. A él y a su maravillosa hermana Rosa, que acabó suicidándose y provocando lágrimas en nuestra alma. Yo iba a buscarlos a casa, a las siete de la mañana, y los llevaba a la piscina. Para mí, Manel es el Dalí del waterpolo, un genio irrepetible por su calidad humana, picardía, habilidad acuática e intuición. El waterpolo le debe mucho.
–¿Por qué cuesta tanto que salgan buenos nadadores en España?
–Todo arranca de nuestra mentalidad, de nuestros horarios, de nuestra manera de organizarnos la vida, de cómo compatibilizar estudios y deporte, de los fines que nos proponemos. Y, por qué no decirlo, de la manera como enseñamos a nuestros niños a nadar. Eso, lo siento, es un desastre. Hay que construir piscinas para enseñar a nadar, y no enseñar a nadar en piscinas de competición. O con monitores que ni se tiran al agua con los niños, sino que les ponen un flotador y los guían con un palo. Hay que jugar con los niños en el agua, enseñarles a amar el medio. No por tener prisa por sacar nadadores las bases son mejores, no.

